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jueves, 3 de julio de 2014

LA LECTURA COMO ELEMENTO IMPRESCINDIBLE PARA LA RESPIRACIÓN

LA LECTURA COMO
ELEMENTO IMPRESCINDIBLE
PARA LA RESPIRACIÓN
 
 


Pregón inaugural de la
Feria del Libro de Málaga 2004

José Antonio del Cañizo





El un tanto provocador y militante título que he dado a este pregón se debe a un recuerdo de mi adolescencia.
   Cuando mi padre disfrutaba viéndome reír a carcajadas mientras leía las divertidas obras de aquel ingenioso escritor y dramaturgo que fue Enrique Jardiel Poncela, como Eloísa está debajo de un almendro, Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Un marido de ida y vuelta, etc., solía contarme que él tuvo el placer de asistir a aquella conferencia de Jardiel que se hizo famosa y tenía como  título: La mujer como elemento imprescindible para la respiración.
   Y yo añado a la mujer la lectura, ya que sin la mujer no podríamos nacer ni amar, y sin la lectura no puede nacer nuestra mente al gozoso descubrimiento pleno de todas sus posibilidades de emoción, imaginación, sentimientos y saberes.
   El filósofo y académico de la Lengua Emilio Lledó decía lo siguiente:
   "Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa. En el silencio de la escritura cuyas líneas nos hablan, suena otra voz distinta y renovadora. En las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir".

Muchos fuimos iniciados en ese descubrimiento cuando éramos niños y nos contaban cuentos.
   Multitud de lectores de todas las edades disfrutamos muchísimo leyendo La isla del tesoro y El doctor Jekyll y mister Hyde, novelas por las cuales debemos dar las gracias a Alison Cunningham.
   Y que nadie piense: "¡Menudo patinazo, si son de Robert Louis Stevenson!", porque es de justicia reconocer que la existencia y la calidad de esas dos magníficas obras se las debemos en buena parte a la niñera del pequeño y enfermizo Robert, que le contaba cuentos y le recitaba himnos y poemas en las frías y lluviosas noches escocesas.
Ella contaba, leía y declamaba con tanta entonación y tan dramáticamente que aquel fascinado niño se aficionó muchísimo a ese gran placer de que nos cuenten historias, y ello influyó más adelante a que se lanzase a inventar y contar otras con su llana y fluida pero a la vez poderosa y rítmica manera de escribir.
   A Stevenson le gustaba tanto escucharla que aplazó el momento de aprender a leer, para prolongar el placer y la admiración que le causaba comprobar cómo la simple palabra humana podía crear tantos ambientes y dar tanta vida a lo narrado.

Pero no solamente les han contado o leído historias a los niños, sino también a muchos adultos.
   Esto se ha hecho, por ejemplo, para acompañar con lecturas piadosas el tiempo de la comida en el refectorio de los monasterios. O para entretener y culturizar a los obreros durante trabajos repetitivos, como en Cuba a mediados del siglo XIX, cuando la gran mayoría de los cigarreros eran analfabetos, y más adelante los que emigraron a Florida continuaron la costumbre, hasta el punto de que una de las más prestigiosas marcas se llama Montecristo por lo mucho que disfrutaron al escuchar durante muchas jornadas laborales El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.
   Y muchas veces alguien les leía a otros simplemente porque durante largos siglos y en dilatadas regiones eran muy pocos los que sabían leer, y rarísima la casa en que había libros.
   Hay un caso concreto que contaba el editor escocés William Chambers y que me gusta mucho, pues lo protagonizó hará un par de siglos uno de los mejores animadores a la lectura de que tengo noticia.

   Estamos en una comarca rural donde no hay más que un libro, un ejemplar editado en 1720 de una famosa obra del historiador romano de origen judío Flavio Josefo, titulada Historia de la guerra de los judíos contra los romanos y de la ruina de Jerusalén, de cuyos acontecimientos, sucedidos en el siglo I, fue testigo presencial.
   Su poseedor va de aldea en aldea y de finca en finca para leer unas páginas con tanto apasionamiento que sus rústicos oyentes vibran con aquellos hechos históricos sucedidos hace dieciocho siglos como si fuesen noticias de última hora.
   Me encanta imaginar a nuestro trashumante lector dándose largas caminatas por montes y llanuras para declamar aquellas crónicas de una guerra tan ajena, remota y olvidada, y suspender astutamente la lectura en cada hogar en el mismo punto, para que ningún vecino pueda contar a otros lo que sigue, y mantenerlos así a todos en vilo hasta el próximo día, de manera que cuando se acerca a cada casa salen a recibirle preguntando ansiosamente:
   -¿Qué noticias nos traes?
   -Malas, muy malas. Van a pasar cosas terribles. ¡El Emperador Tito ha puesto cerco a Jerusalén!
   -A ver, a ver, cuenta, cuenta… -le ruegan todos, frotándose las manos.

   Y también hay quien ha leído libros en voz alta, y sin parar, a otros porque no ha tenido más remedio, ya que existen personas tan amantes de la lectura que, con tal de tener a alguien que les lea, son capaces de las mayores infamias.
   El agudo escritor británico Evelyn Waugh, autor de novelas tan buenas como Un puñado de polvo y Retorno a Brideshead, presenta en la primera a un viejo que vive en las profundidades de una selva americana desde niño, pues nació allí de padre inglés y madre nativa.
   Su padre le leía en voz alta novelas de Dickens, cuyas obras completas guardaba en un arcón, y tan absorbido estaba en disfrutarlas y en contagiarle a su retoño el amor a ellas que ni siquiera se molestó en enseñarle a leer, con lo cual el después huérfano adolescente y luego adulto se desesperaba al ver cómo muchas de aquellas páginas iban siendo devoradas por las hormigas en vez de por él mismo.
   Una vez en toda su vida había aparecido por aquella selva alguien que sabía leer: un negro que le leyó de cabo a rabo Oliver Twist, Los papeles póstumos del Club Pickwick y otras, y luego murió, dejando sumido de nuevo en la exasperación al oyente vitaliciamente frustrado.
   Pasan los años y ¡por fin! aparece, enfermo y agotado, un joven llamado Tony que se ha perdido tras separarse de su grupo, y el viejo le cura y le cuida por el interés y, en cuanto se restablece, le pone a leerle a Dickens sin parar, tras enseñarle un alargado montón de tierra y explicarle que es la tumba del negro que tanto contribuyó a su felicidad durante un tiempo, tumba sobre la que clava una cruz hecha con palos, en memoria del negro y celebración de la providencial aparición de Tony.
   El recién llegado lee y lee y lee, dándose obligadamente unos atracones de Dickens tremendos, mientras espera con impaciencia y tensión crecientes que vengan a salvarle. El insaciable oyente está feliz y le elogia diciendo que lee con mucha más entonación y mejor pronunciación que el negro, y mejor incluso que su padre.
   Y cuando Tony ya le ha deleitado con David Copperfield, Historia de dos ciudades y Grandes esperanzas, el viejo oye un día ruidos y voces que se acercan a la aldea y que le alarman mucho.
   Rápidamente emborracha, droga y esconde a Tony, y a los que vienen a salvarle les enseña la tumba y la cruz del negro, fingiendo que son del compañero al que buscan, tras lo cual se marchan consternados.
   Cuando Tony despierta su anfitrión le dice:
   -Ha dormido usted nada menos que dos días seguidos. Es una lástima, porque no ha podido usted ver a nuestros visitantes.
   -¿Visitantes?
   -Sí, tres hombres ingleses. (…) imagino que no volverán a visitarnos. Estamos tan retirados... Esto no tiene ningún atractivo, salvo la lectura... Creo que no volveremos a tener visitantes jamás. Bueno, bueno, tome esta medicina, que le hará sentirse mejor, y hoy no tendremos Dickens; pero sí mañana, y pasado mañana, y al otro día, y al otro... Empecemos de nuevo La pequeña Dorrit. Hay pasajes en ese libro que nunca puedo escuchar sin sentir deseos de llorar.

También ha habido lectoras sorprendentes y con muchísimo mérito.
   Como Lucrecia Squarzia, por ejemplo.
   Vivió en la época de los primeros libros de bolsillo y fue co-protagonista de uno de los primeros best-sellers.
   Algunos supondrán, quizás, que estamos hablando de hace cincuenta años; pero hablamos de hace quinientos.
Cuando el invento de Gutenberg se fue afianzando (y él arruinando), los libros eran demasiado voluminosos y pesados, y el humanista y editor veneciano Aldo Manuzio lanzó en el año 1501 la primera colección de libros de bolsillo, dedicada en su mayor parte a los clásicos griegos y latinos.
    Pero como conocía muy bien la gran diversidad de inquietudes y aficiones de sus conciudadanos, intercaló en aquella sucesión de obras clásicas otra distinta que se convirtió inmediatamente en uno de los libros más vendidos y consultados.
   Apareció en 1535 y se titulaba, en la bella lengua italiana de aquella poderosa República de refinada cultura, Tarifa delle putane di Venezia, que en italiano suena finísimo, y en cuyo instructivo y cuidado texto describían sus numerosas redactoras sus principales características morfológicas.
   Entre todas refulgía como una gema la gentil Lucrecia Squarzia, pues hacía constar que se interesaba mucho por la poesía, y que llevaba "siempre consigo una edición de bolsillo de Virgilio, o bien de Petrarca y, a veces, de Homero".
   Llevado por mi afán investigador he efectuado un estudio comparativo con los textos del mismo género literario que incluyen los periódicos actuales, y tengo que decir muy  entristecido que no he hallado detalle alguno relativo a las aficiones literarias de sus protagonistas, ni la más leve prueba de que muestren ni el menor interés por Virgilio, Petrarca u Homero.
   ¡Qué bajón de nivel lector se ha producido en los últimos cinco siglos!

Otra de mis lectoras favoritas es una mujer de hoy; pero también con claras resonancias homéricas.
   Hace dos años la comisión organizadora de la Feria del Libro de Málaga me otorgó el Premio 2002 por mi labor en pro de los libros y la lectura, y en mi discurso de agradecimiento diserté sobre la importantísima literatura de la concisión que caracteriza a nuestra época.
   La componen varios géneros literarios muy sugerentes y novísimos, hasta ahora insuficientemente valorados por críticos y editores. Me refiero a los minúsculos textitos que acompañan a los anuncios televisivos, las agudas y profundas frases de famosos y famosas que nos regalan su filosofía de la vida desde grandes vallas publicitarias, y la literatura de camioneros, constituida por esas pocas palabras que les caben en el único renglón de chapa disponible encima del cristal de la cabina, lo cual otorga a estas obras un mérito grandísimo.
   Esta literatura de lo súper-breve adquiere toda su importancia por el hecho de ser la única que lee el cincuenta por ciento de los españoles.
   En aquella ocasión escogí una breve antología de esa literatura a cien por hora, que incluye desde manifestaciones de amor paternal tan entrañables y de tan rica sonoridad como "Por mi Vanessa, mi Ainhoa y mi Iván" hasta pensamientos llenos de sabiduría popular como "Más deben otros".
   Pero después un amigo me ha contado que ha visto circular por una carretera andaluza una breve obra maestra que en solo cuatro palabras entre signos de exclamación encierra toda una novela de amor contemporáneo y a la par eterno.
   "¡Ahí viene mi Pepe!", proclama en letras blancas sobre la carrocería roja ese inspiradísimo renglón.
   ¿No es una maravilla? Nada más oírlo he pensado en Marcel Proust.
   No por la concisión, evidentemente, pues ¡qué más quisiera Proust!, el hombre que vio rechazado el primer tomo de A la recherche du temps perdu por el editor francés Marc Humblot con las siguientes palabras:
   "Mi querido amigo, quizá debo de estar muerto de cuello para arriba; pero por más que me devano los sesos no acierto a ver por qué alguien necesita treinta páginas para describir cuántas vueltas da en la cama antes de dormir".
   No por la concisión, digo, sino por lo que le contestó a un joven e incipiente escritor que le pidió algún consejo para inventar argumentos: "¿Y cómo puede tener usted dificultades para encontrar argumentos, si en la vida de cualquier matrimonio de provincias hay tema para diez novelas?".
   Y aquí tenemos la novela de este sencillo matrimonio de provincias, camionero él, que ha llevado lleno de ilusión la primera composición literaria de su vida no a un editor, que jamás la habría aceptado, sino a un taller de chapa y pintura, donde se lo han publicado estupendamente y sin ninguna errata, y hacendosa ama de casa ella, que cuando calcula que su Ulises está pisando a tope el acelerador de su nave porque ya está a punto de llegar a casa de vuelta de la Unión Europea, sube a la terracita y se pone a otear el horizonte con una mano haciendo visera sobre sus anhelantes y amorosos ojos, y oteando, oteando durante horas, alargando el cuello y con el corazón galopando en su pecho, ve al fin emerger sobre el perfil del cambio de rasante el renglón deseado y:
   -¡Ahí viene mi Pepe! -clama gozosa nuestra Penélope andaluza.
   Y baja las escaleras corriendo y gorjeando el libreto que tan generosamente le ha escrito el esposo para dárselo todo hecho, y lo repite ante hijos y vecinas, y toda la calle se convierte en Ítaca por unos momentos, porque ya llega el sudoroso y agotado Ulises, presto a tomar en brazos a su Penélope, para cerrar brillantemente todo el ciclo de la literatura universal desde La Odisea hasta nuestros días.

Y ahora preguntémonos:
    ¿De qué les sirvió leer u oir leer a esas personas?
   A Robert Louis Stevenson el que le contasen y leyesen cuentos de pequeño le sirvió para crear obras maestras que ahora disfrutamos nosotros.
   A los confeccionadores de habanos y a los que vivieron la destrucción de Jerusalén con mil ochocientos años de retraso les sirvió para despertar sus mentes y sentir el placer de saborear una historia, y ello en medios poco propicios, iluminando así sus vidas duras y rutinarias.
   Al insaciable oyente de obras de Charles Dickens le sirvió para soportar la soledad y la incomunicación con sus semejantes, y para vivir otras vidas muy distintas de la suya, en una patria que nunca conoció.
   A la sensible Lucrecia su afición a los clásicos le sirvió nada menos que para pasar a la posteridad, ella y sólo ella entre tantas otras compañeras quizás más bellas y aplicadas.
   Y a nuestra ingenua y anhelante Penélope le basta la lectura a larga distancia de un único renglón para sentir las mayores alegrías de su vida, gracias a que su Ulises camionero cumple, sin saberlo, el sabio consejo que dio  Baltasar Gracián en el sglo XVII: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno".
   He seleccionado solamente unos pocos ejemplos interesantes y curiosos; pero a un número casi infinito de lectores de todos los tiempos esta afición les ha servido para ampliar su horizonte mental y vivir otras vidas, conocer otros países, otras costumbres, otras maneras de pensar, y hacerse más comprensivos y menos racistas e intolerantes.
   Y ello porque han ido aprendiendo sin casi darse cuenta que en todos los países, razas y religiones hay gente estupenda y gente deleznable, y no hay que tener una visión tan esquemática y maniquea como la que desgraciadamente se está extendiendo ahora más y más.
   Han enriquecido su vida interior y su vocabulario, han logrado que su conversación sea más interesante y variada, han aprendido muchas cosas del mundo y de la vida sin el esfuerzo que requieren los libros de texto y ensayo.
   Se han divertido, emocionado e intrigado, han desarrollado su imaginación quizás en germen o anquilosada o dormida, cuando puede ser tan gozosa y fecunda, y han obtenido muchos más frutos que no hace falta seguir enumerando.
   Puesto que la afición a leer tiene tantísimas ventajas, pasemos a plantearnos un problema muy actual, urgente y preocupante.

¿Qué podemos hacer para que las nuevas generaciones lean, o lean más, y descubran y disfruten todas esas grandes ventajas?
   Estoy francamente preocupado con este desafío; pero afortunadamente sé que estamos empeñados en vencerlo muchísimos profesores, bibliotecarios, escritores, editores, libreros, animadores a la lectura, etc. (y también en femenino, porque ellas están absolutamente en vanguardia en todo esto), apoyados, impulsados y potenciados por políticos, organismos, entidades, fundaciones, etcétera.
   Soy testigo directo, gracias a mis encuentros y coloquios en colegios, institutos, bibliotecas y centros de profesores, de la meritoria y fecunda labor que están haciendo con sus bibliotecas públicas el Ayuntamiento de Málaga y bastantes otros de la provincia, nuestra Diputación y otras muchas, y la Junta de Andalucía con su Centro Andaluz de las Letras, el Circuito Literario Andaluz, el Plan Andaluz de Fomento de la Lectura y sus clubs de lectores, más el Pacto Andaluz por el Libro, etc.
   Y las ferias del libro con las múltiples y fértiles actividades que las acompañan, y las diversas entidades que también tienen bibliotecas abiertas a todos.
   (Aunque también existen muchos profesores meramente funcionariles que no mueven un dedo por todo esto).
   Todas esas palpables realidades forman un fértil y creativo empeño que me hace sentir optimista en lo referente a los frutos de la animación a la lectura en sí, dentro de una visión realista de las cosas, claro.
   Pero lo que me inquieta y desazona de verdad es que esto es una pequeña parte de una problemática mucho más amplia, entristecedora y dificilísima de resolver, que adormece y banaliza a la juventud actual, ante la que habría que realizar un gran esfuerzo social para combatirla en tres frentes:
   La lucha contra el cerebro en fascículos.
   La lucha contra la crisis de valores e ideales.
   Y la lucha contra las caricaturas de libertad.

¿Qué es eso del cerebro en fascículos?
Es un monstruo implacable que corta en rodajas las seseras infantiles y juveniles, que empezó a actuar hace ya bastante tiempo sirviéndose del zapping o zapeo televisivo, y que después incrementó grandemente su productividad gracias a la navegación febril e ininterrumpida por Internet y al uso compulsivo de los jueguecitos informáticos.
   Por supuesto, son avances formidables y que han dado y dan muchísimos frutos; pero el efecto que producen en el cerebro adulto ya formado y adiestrado en el uso de otras fuentes de conocimiento y entretenimiento más concentradas y reposadas no se parece nada al que están produciendo en muchos cerebros infantiles y adolescentes, que desde el inicio de su desarrollo se acostumbran a ese recibirlo todo hecho cachitos.
   Cuando encienden el televisor con el mando a distancia en la mano y el dedo pulgar en actitud tensa y expectante y caen en una película, si en pocos minutos no hay muchos tiros o puñetazos y mucha sangre o algo de sexo saltan a un concurso, y si al poco rato los participantes no han ganado millones o no han hecho algo muy chocante o divertido intercalan unas actuaciones musicales brevísimas, aceleradas y trepidantes, y después ven un fascículo de telediario y, si no hay grandes atentados o impresionantes inundaciones, se aburren y se ponen a navegar por Internet.
   Les he visto navegar en centros escolares y bibliotecas públicas y he constatado que jamás paran más de unos segundos en el mismo menú, texto o imagen, y que en páginas web con un poco de enjundia hacen clic febrilmente  para saltar de aquí para allá, porque su verdadero placer consiste en esa sensación de libertad, agilidad y velocidad que les embriaga y les hace sentirse modernos y con el mundo en sus manos.
   Es triste comprobar que esos medios fascinantes, prodigiosos, traían incluido entre sus muchísimas maravillas este inesperado e indeseado subproducto del cerebro en fascículos, que no logra concentrarse más que muy fugazmente y tan solo en imágenes con el menor texto posible y siempre que sean brillantes, coloristas, divertidas,
sorprendentes o impactantes.

¿Y qué ocurre al día siguiente en las clases?
   Que los maestros y profesores tendrían que ser auténticos héroes y magos, consumados actores o presentadores, para mantener la atención de sus alumnos una hora seguida hablándoles de matemáticas, geografía, etc., y durante varias clases cada día.
   Todos los que conozco me comentan que la capacidad de atención y de concentración sigue bajando alarmantemente, que muy pocos alumnos están capacitados para seguir la exposición de un tema durante todo el tiempo de una clase, y que en cada aula destacan solamente los ojos brillantes y atentos de los pocos alumnos que se van salvando.
   ¿Cómo van a prepararse para realizar bien trabajos algo cualificados, y no digamos para seguir estudios más complejos y especializarse en algo medianamente interesante, unos chicos que no pueden concentrarse ni media hora seguida, y necesitan impactos continuamente renovados que les llamen la atención?
   El pintor Delacroix decía que se llega a ser maestro en algo cuando se dedica a las cosas el tiempo que merecen.
Y casi todas las profesiones precisan de un aprendizaje y un adiestramiento rutinarios y repetitivos, que exige constancia y concentración.
   Para animarles e inducirles a ello no se me ocurre más que una medicina, que sugiero vacilantemente y sin considerarla una panacea, claro: el hacer todo lo posible para que tengan aficiones, porque a los chavales que vibran por alguna les vemos dedicándola horas y horas, concentrados, realizados y felices.
   Y no me refiero únicamente a la lectura, claro, sino también a los deportes, la naturaleza, el escultismo, el ecologismo, el pacifismo, o bien oír música, tocar algún instrumento, representar obras de teatro, el excursionismo, las reforestaciones, cuidar animales, o los muy diversos coleccionismos,o  el hacer maquetas de barcos o aviones,  apuntarse a alguna ONG o a otras entidades de acción colectiva, etcétera.
   Creo sinceramente que los que cultivan aficiones superan mucho más fácilmente que los demás la nociva acción del cerebro en fascículos.

Además de hacer pactos por el libro y la lectura, que obviamente me parecen estupendos, deberíamos hacer también un gran pacto para concienciar a la sociedad respecto a la desoladora crisis de valores e ideales en la juventud.
   Tenemos que plantearnos con toda crudeza qué futuro mental, ideológico, les estamos preparando. Hemos de hacer una seria autocrítica respecto a las deleznables proteínas y vitaminas con que estamos alimentando sus cerebros, que son lo único con que contarán para disfrutar de la vida y hacer algo creativo, fructífero o hermoso cuando sean mayores, y lo único con que cuenta este país para salir adelante.
   Resulta obvio decir que la prosperidad y la calidad de vida (no sólo económica) que tendrá en el futuro un país dependerán en gran medida de cómo se esté formando hoy a los niños y adolescentes.
   Y me temo que estamos propiciando el desarrollo de muchos materialistas caprichosos, con un horizonte mental alimentado con la telebasura y ciertas revistas superpobladas de famosejos y famosuchas que son los ejemplos que se les propone imitar.
   De todo este asunto tan amplio solamente puedo opinar sobre su faceta más relacionada con la lectura, sobre la cual hablo con conocimiento de causa, como cualquier otro buen lector, porque ¿quién de nosotros no recibió de chaval, sin casi darse cuenta, y mientras se divertía y emocionaba con las aventuras de nuestros héroes y heroínas favoritos, ejemplos de comportamiento que ponían de manifiesto que tenían unos valores y luchaban por unos ideales?
   ¡Si eso era precisamente uno de los mayores atractivos de muchísimas novelas! Y lo vivimos de la mano de personajes que conocimos durante la adolescencia y siguen siendo amigos nuestros, desde Jim Hawkins, el ingenioso, despierto, activo y valiente muchacho de La isla del tesoro, hasta el veterano, resistente, solidario y tenaz cazador Allan Quatermain, que acompañó a otro hombre a buscar a su hermano desaparecido en Las minas del rey Salomón.
   Por eso me da pena ver a tantos chavales que no leen, y a los que además nadie de su entorno parece querer sembrarles o descubrirles inquietudes de ese tipo.
   ¿En qué clase de erial ético van a vivir?
   ¿Cómo van a descubrir, si no se tratan con esos héroes de los libros, ciertas cosas de la vida como la entereza y el valor ante las adversidades, la fuerza de voluntad para resistir sufrimientos y dolores, la austeridad al afrontar privaciones, la constancia en el esfuerzo, en la amistad y en el amor, la lealtad al ser amado y a los amigos, o el hacer algo por los demás o por una causa justa, o el volcarse en defensa de los oprimidos y pisoteados?
   Y para terminar hablemos de la libertad; pero no, por supuesto, de esas burdas, banales y manipuladoras caricaturas de libertad que les meten en la cabeza desde esos programas de televisión y esas revistas a que hemos aludido, sino de lo deseable que sería que la sociedad entera se empeñase en que los niños y adolescentes piensen, no se mantengan pasivos y dóciles ante las comidas de coco que les llueven por doquier, y vayan forjándose una cierta libertad e independencia de pensamiento, y una personalidad propia.
   Esa noble tarea hay que intentarla desde distintos frentes, de los que solo soy especialista en uno, y por ello acabo proclamando que un importante recurso con que contamos es el tratar de animarlos e inclinarlos a la lectura, ese diálogo reposado, hondo y placentero con los mejores espíritus que en el mundo han sido, los más profundos, sabios, entretenidos, reveladores, humorísticos, ingeniosos y brillantes.
   ¡Y además, se pasa estupendamente!
   El libro, para mí, es la más acabada expresión del hombre libre, la forma de creación menos sujeta a trabas y a camisas de fuerza. Se crea con mayor independencia que otras formas de arte y se consume en solitario, a solas con el autor, creando juntamente con él la historia o contrastando con él las ideas. Un lector es una persona que piensa y por tanto vive más que si no lo fuera.
  
   Creo firmemente que cada vez que regalamos un libro estamos regalando una chispa de libertad, y que la fantasía, la imaginación y el pensamiento son los únicos pájaros que nadie puede encerrar en una jaula.


                                             José Antonio del Cañizo Perate

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